Ellyn llegó a la mansión Durance con el corazón en un puño.
Sus pasos resonaban con eco en el mármol frío del vestíbulo, como si cada uno fuera una despedida anunciada.
El ambiente olía a recuerdos: a cenas elegantes, a flores frescas, a los días en que ella aún creía en los finales felices.
Allí estaba él. Su abuelo, erguido, pero con los hombros vencidos por el peso de la tristeza, veía fotos de la abuela, de su gran amor, pero luego, desvió la mirada hacia ella.
Al verla, su expresión se tra