—¿Qué pasa, señor Durance? —la voz de Ellyn cortó el aire como un látigo—. ¿No es capaz de ir por el anillo de la abuela? ¿Tan cobarde eres? Siempre puedes mandar a tu amante… quizá ella tenga más agallas que tú.
El comentario cayó como una bomba en medio de los invitados.
Un silencio espeso envolvió el lugar, solo roto por los jadeos indignados de Samantha.
—¡Ellyn, eres una mujer terrible! —espetó la joven, con los ojos enrojecidos y la voz temblorosa, desbordando furia y humillación.
—¡Cállat