Ellyn sonrió, pero luego lo miró. Lo miró de frente. A ese hombre que había amado hasta deshacerse.
A ese hombre que la dejó sola, acusada, rota. Federico estaba ahí, frente a ella, con el rostro teñido de un rojo profundo que no sabía si era por la vergüenza, la furia o el arrepentimiento. Tal vez todo a la vez. Pero eso ya no le importaba.
No a la nueva Ellyn.
—Felicidades, Federico —dijo ella con una sonrisa afilada, el tono cargado de veneno contenido—. ¿Por qué esperaste tanto para estar co