Rodrigo la miraba como si no pudiera creer lo que acababa de oír.
Su corazón latía desbocado, y, sin embargo, sus labios se curvaron en una sonrisa temblorosa, como la de un niño que teme estar soñando.
—¿Hablas en serio? —preguntó con la voz apenas contenida, como si temiera romper el momento—. ¿De verdad?
Melissa asintió, con los ojos brillando, cargados de emoción.
—Sí… Quiero ser tu esposa.
No porque sea por despecho, ni por rapidez, sino porque… sé que eres el hombre perfecto para mí. Sé q