Melissa se quedó inmóvil por un instante. Sus ojos se abrieron grandes, sorprendida por lo que acababa de oír.
Le dolió... sí, le dolió profundamente, como una espina que no esperaba. Pero aun así, se acercó, rodeó su cuerpo con sus brazos y lo abrazó con fuerza, como si ese gesto pudiera aliviarle el alma.
—Melissa —murmuró él, con voz quebrada—, no sé si puedo hacerte feliz... No sé si soy suficiente.
Ella apoyó su cabeza en su pecho, escuchando los latidos de su corazón, y luego levantó la mi