—¡¿Qué has dicho?! —gritó Ellyn, con la voz rota, como si no hubiese escuchado bien, aunque en realidad las palabras se habían repetido una y otra vez en su mente desde que salieron de los labios de aquella mujer maldita.
Su alma se negaba a aceptarlo, pero sus oídos lo habían escuchado claro.
Aranza sonreía con una burla venenosa, esa que solo nace del placer de ver a otros sufrir.
—¡Tu padre no era Aldo! —exclamó, con los ojos brillantes de malicia—. ¡Era Frank Durance! ¿Por qué crees que me e