—¡¿Estás loco?! —exclamó Melissa, retrocediendo un paso, como si el espacio pudiera protegerla de aquella confesión absurda.
Julián, nervioso, respiraba agitado.
El calor del atrevimiento le enrojecía el rostro, pero sus ojos permanecían firmes, vulnerables, clavados en los de ella.
—Señorita Melissa… yo… —tragó saliva— me he enamorado de usted.
Melissa lo miró como si le hablara en un idioma que su alma se negaba a comprender.
La incredulidad le paralizó los pensamientos.
—¿Qué…? —murmuró, sin