—¡¿Qué es lo que está pasando aquí?! ¡No discutan más, vengan conmigo, ahora mismo! —tronó la voz del abuelo Durance desde lo alto de la escalera.
Su tono firme, esa autoridad que solo dan los años y el respeto ganado, hizo que el silencio cayera como una losa sobre el ambiente. Solo con escucharlo, Melissa sintió un nudo doloroso en el pecho. Lo último que deseaba era herir al hombre que más la había amado en su vida.
Bajaron en silencio, como dos adolescentes atrapados en falta. A cada paso, e