—¡Sebastián! —gritó Ellyn con la voz cortada por la furia y los ojos inflamados de decepción—. ¡Ella no me hizo nada! ¿Cómo te atreves a tratar a mi hermana de esa forma?
Melissa permanecía de pie unos pasos atrás, con los labios temblorosos y la mirada clavada en el suelo.
Su respiración era inestable, como si contener el llanto le robara el aliento. Pero aun así, se obligó a levantar el rostro y decir con una media sonrisa rota:
—No te preocupes, Ellyn… estoy acostumbrada.
Y sin decir más, dio