Mundo ficciónIniciar sesiónUna campesina que deja su hogar por el bien de su familia. Un viudo millonario que le debe la vida de su hija. Y una mujer dispuesta a destruirlo todo para quedarse con él. Helena nunca imaginó que aceptar un puesto como institutriz en la mansión de William Winchester sería el mayor error de su vida. Pero debe soportar lo que sea necesario con tal de mantener a su padre con vida. William es frío, exigente y vive rodeado de murallas que él mismo construyó tras la misteriosa muerte de su esposa. Su hija Luciana, una niña inteligente y solitaria, se convierte en el puente inesperado entre ambos. Lo que Helena no sabe es que hay alguien más en esa casa que la observa: Laura, la prometida de William, una mujer acostumbrada a ganar y dispuesta a todo para eliminar cualquier obstáculo que se interponga entre ella y su futuro. Cuando las amenazas de Laura se vuelven cada vez más oscuras y Helena descubre que no es la primera niñera que desaparece en extrañas circunstancias, deberá decidir si huir para salvarse o quedarse a luchar por darles a su familia la estabilidad económica que necesitan. Pero en la familia Winchester, las apariencias lo son todo. Y la verdad, cuando finalmente salga a la luz, podría destrozarlos a todos.
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El día empezó como todos los demás. Pero tenía una vibra diferente. Lo noté tras llegar con mi madre a la finca Winchester. Todo estaba en absoluto silencio y nuestros compañeros trabajaban como maquinas nuevas y recién aceitadas. Desde que mi padre enfermó, el encargado de la finca nos permite llegar un poco más tarde para que podamos llevar a mis hermanitos al colegio y también dejarle a mi padre todo listo en casa para el día.
La jornada de trabajo fue bastante fuerte esta vez, había escuchado de otros obreros que el dueño de la finca, William Winchester, estaba de visita y estaría aquí unos días para ver cómo va toda la producción.
Debido a nuestro permiso para llegar tarde, mi madre y yo debemos trabajar horas extras, pero hoy en particular mi madre estaba muy agotada así que le dije que podía encargarme del trabajo pendiente para que se fuera a casa.
Al atardecer, el resto de los obreros comenzaba a retirarse, con excepción de mí. Aun me faltaba una docena de arbustos de café que debían ser cosechados, por lo que debía quedarme.
—Helena. Te dejaré la yegua para que no regreses caminando. —Dijo uno de los obreros para luego irse.
—Gracias, Gómez. Te debo una.
Media hora más tarde, cuando estaba subiendo mi canasto a la yegua para irme, oigo de repente un grito agudo, seguido de un chapuzón a unos metros de mí. Por la sorpresa el canasto se me cae y las cerezas de café caen en todas las direcciones.
—Dios mío… —Farfullo corriendo hacia el rio que estaba a unos pocos metros de mí.
Al llegar a la orilla esa vocecita aguada vuelve a gritar.
—¡Ayuda! ¡Papá! ¡Auxilio! —Exclamó.
—¿Quién anda ahí? —Pregunto preocupada mientras comienzo a recorrer el borde del rio luchando por encontrar a la niña.
—¡Me caí al rio, ayúdeme por favor! —Dijo la pequeña cuando por fin estuve cerca.
Sin pensarlo dos veces me lanzo al rio, la corriente estaba demasiado fuerte, era un milagro que la pequeña tuviera la fuerza suficiente para sostenerse de esa rama al otro lado del rio. Con mis limitadas habilidades para nadar me acerco a ella tanto como puedo, pero el peso de mi ropa húmeda me arrastra al fondo.
—¡Aguanta! ¡Ya voy! —Declaro entre toces por el agua helada que salpica mi rostro.
—¡Me duelen las manos, ya no puedo más! —Responde la pequeña entre sollozos.
Con todas mis fuerzas pataleo para llegar, pero cuando solo me faltaba un metro para alcanzarla, sus manos finalmente ceden y es arrastrada por la corriente hacia unas rocas más adelante.
—¡No! —Bramé al ver como su cabecita golpea una de las rocas y su cuerpecito se hunde.
Entonces, con una fuerza sobrehumana que salió de donde no la había, nado con la corriente y logro sujetar una de sus mangas a la par que con mi otra mano me aferro a un tronco caído.
Cuando logré envolver a la pequeña con mi brazo, a rastras logro sacarla del rio y le doy respiración boca a boca con la esperanza de salvarle la vida. Cubro su nariz, abro su boca y soplo con fuerza, una, dos, tres veces… Y por fin reaccionó tosiendo con fuerza.
Ya su piel blanca había comenzado a ponerse morada y su nuca estaba sangrando mucho.
Con la poca fuerza que me queda la envuelvo en mis brazos y la llevo hasta la yegua. No sé cómo demonios logré subirme a la silla, pero en cuanto estuvimos sobre la yegua, tomé las riendas y comencé a cabalgar de regreso a la finca.
Al llegar al patio trasero de la finca lo primero que veo son luces azules y rojas de lo que parecía al menos una docena de patrullas.
—¡Aquí! ¡Necesito ayuda! —Grité alterada.
A lo lejos, entre la multitud de policías y algunos pocos empleados, veo a un hombre rubio muy alto que al verme sus ojos se salen de orbita, no lo conozco, pero algo me dice que es el padre de la niña.
—¡¿Qué le has hecho a mi hija?! —Exclama arrancándomela de los brazos.
—Yo, yo solo… —Comencé a intentar explicarme, pero rápidamente Luis, el encargado de la finca se interpuso en mi camino.
—No digas nada… Es William Winchester y esa es su hija. —Instó en susurros.
—Pero yo…
—No. —Insistió alterado.
El señor William rápidamente corrió con su pequeña en brazos hasta encontrarse con los paramédicos quienes ya venían con la camilla.
—Debemos estabilizarla aquí. El hospital más cercano está a una hora de camino y no sobrevivirá. —Informó uno de los paramédicos mientras revisaba los signos vitales de la pequeña. —Su pulso es débil. Llevémosla a la ambulancia.
—Hagan lo que sea necesario, pero salven a mi hija. —Exigió William llevándose ambas manos a la cabeza.
Los paramédicos subieron la camilla a la ambulancia y comenzaron a trabajar a toda velocidad, mientras que todos los presentes guardamos silencio, expectantes.
De repente, como alma que lleva el diablo, William se dio la vuelta y comenzó a mirar a todos lados como si buscara a alguien, hasta que sus ojos encontraron los míos.
—Tú. —Espetó señalándome acusadoramente.
Con paso apresurado se acercó hasta mi al tiempo en que me fulminaba con la mirada.
—¿Quién demonios eres? —Inquirió en tono bajo, amenazante.
—Yo… yo… —Balbuceé aterrada.
—Señor, ella es una de las obreras… —Comenzó a explicar Luis, pero William alzó su mano en señal de alto.
—Cállate, le estoy hablando a ella. —Ordenó.
—Señor, yo… Mi nombre es Helena. —Musité bajando la mirada. —Soy una de las recolectoras…
—¿Qué le pasó a mi hija y porque estabas con ella? —Preguntó entre dientes.
—Yo estaba terminando de recolectar mi tanda de hoy cuando la oí gritar… No sé cómo, pero cayó al rio. Tras escucharla corrí a ver de qué se trataba y al verla me lancé al agua para salvarla.
—Mientes. Los obreros se retiraron hace una hora. —Espetó mirándome con desprecio.
—Señor, se lo juro. Eso fue lo que pasó. —Farfullé, pero se dio la vuelta ignorándome.
—No tengo tiempo para esto ahora. Oficiales, espósenla y llévenla a mi oficina. Que no salga hasta que mi hija esté fuera de peligro… Hasta entonces veré si presentaré cargos luego de escuchar la versión de mi hija.
—¿Porqué? —Interrogué frustrada. —¡Yo solo intentaba salvarla! ¡No pueden hacerme esto! —Grité mientras que los policías me sujetaban con fuerza, impidiendo que pudiera moverme.
—Quiero que te vayas —respondió William, con una calma que me llenó de paz—. Quiero que vendas tus acciones. Que devuelvas el dinero que robaste. Que desaparezcas de mi vida, de la vida de mi hija, de la vida de Helena. Para siempre.—¿Y si me niego?—Entonces iré a la policía. Con las pruebas. Con el testimonio de Javier. Con la historia de la verdadera Valeria. Con todo. Y esta vez, Laura, no habrá escapatoria. No habrá dobles. No habrá funerales falsos. Habrá una celda. Y pasarás el resto de tu vida en ella.Laura se quedó en silencio. Sus manos temblaban sobre el bolso, y su rostro, antes perfectamente compuesto, era ahora una máscara de furia contenida.—Cuatro años —dijo, con la voz quebrada—. Cuatro años a tu lado, William. Cuatro años esperando que me miraras como la miras a ella. Y nunca lo hiciste. Nunca.—Porque no eras tú. —William tomó mi mano bajo la mesa—. Pasé cuatro años creyendo que podía aprender a quererte. Pero no se puede aprender a querer a alguien. O se quiere,
William decidió que el encuentro con Valeria no sería en su territorio. No en la mansión, donde Lucy podría estar cerca. No en su oficina, donde los empleados podrían escuchar. Sería en un lugar neutral. Un restaurante en el Meatpacking District que él conocía bien, donde los dueños eran amigos suyos y donde las conversaciones quedaban entre paredes de piedra.Yo insistí en acompañarlo. Él se negó. Le recordé que Valeria me había amenazado a mí también. Que tenía derecho a estar presente. Que no me quedaría en casa esperando como una novia de película antigua mientras él se enfrentaba a mis demonios.—No voy a dejarte sola con ella. —Dijo, con el ceño fruncido, mientras ajustaba la venda de su mano derecha. La herida de Javier aún no había cicatrizado del todo, y el médico le había prohibido usar esa mano para nada que requiriera fuerza. —Pero voy a estar a tu lado. Siempre.—William...—No discutas. —Me besó en los labios, con una firmeza que no admitía réplica. —Vamos.El restaurant
Lucy volvió del colegio a las cinco, como cada día. Margaret la había entretenido en la cocina mientras yo curaba a William, pero cuando subió a buscarlo para enseñarle un dibujo, lo encontró en la cama con la mano vendada.—¡Papá! —Gritó, dejando caer el papel al suelo. —¿Qué te ha pasado?—Nada, princesa. Un pequeño accidente.—¿Un accidente? ¡Estás sangrando! —Se acercó a la cama con los ojos llenos de lágrimas. —¿Te duele mucho?—No duele nada. —La sentó a su lado—. Helena me ha curado. Ya estoy bien.Lucy me miró, y en sus ojos había una mezcla de miedo y algo más que no supe identificar.—¿Fue esa mujer? —preguntó, en voz baja—. ¿La que dice que es hermana de Laura?William y yo nos miramos. No esperábamos esa pregunta.—¿Por qué dices eso, princesa? —preguntó él, con cuidado.—Porque ayer, cuando Helena estaba en el jardín, yo la vi. —Lucy bajó la voz—. La vi hablar con una señora de blanco. Y luego Helena se puso muy triste. Y luego vino lo del colegio, y tú te fuiste, y ahora
El amanecer se filtraba por las rendijas de las persianas cuando William se incorporó en la cama. Yo fingí dormir, observándolo a través de mis pestañas mientras se vestía en silencio. El traje gris que eligió, la camisa blanca, la corbata azul que combinaba con sus ojos. Cada movimiento era calculado, preciso. Como todo en él.—Sé que estás despierta. —Dijo, sin volverse.—¿Cómo lo sabes?—Porque cuando duermes, sonríes.Me incorporé, dejando que las sábanas cayeran sobre mi pecho. Él se volvió hacia mí, y en sus ojos vi determinación. Pero no la determinación del hombre de negocios que cierra un trato. Era otra cosa. Más oscura. Más peligrosa.—Hoy voy a ver a Javier. —Anunció, con una calma que me heló la sangre.—No.—No es una discusión, Helena.—William, por favor...—Ayer te vi llorar. —Se acercó a la cama y se arrodilló frente a mí, tomándome el rostro entre las manos. —Ayer te hicieron llorar Valeria y ese hombre. Y yo no estaba allí. No pude protegerte.—No necesito que me p
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