Markus Durance abrió lentamente los ojos, respirando con dificultad. El cuarto del hospital estaba en silencio, apenas roto por los pitidos suaves de las máquinas. Frente a él, su nieta lo observaba con los ojos humedecidos.
—Cariño… —susurró él con voz ronca.
Melissa se inclinó de inmediato, tomando su mano con delicadeza.
—Abuelo, estás despierto… ¿Cómo te sientes?
El anciano esbozó una débil sonrisa.
—Como un árbol viejo que se resiste a caer… pero aquí estoy. —Sus ojos buscaron los de su nie