Sebastián talló sus ojos con fuerza.
La cabeza le daba vueltas, y el sabor amargo del licor aún le raspaba la lengua.
Parpadeó varias veces, intentando ubicarse. Luego la vio, junto a él, en la cama.
Una joven de cabello revuelto, piel desnuda y ojos que se llenaban de lágrimas.
Un escalofrío lo recorrió. La conocía. Su rostro, aunque desordenado por el llanto, le resultaba familiar.
—No puede ser… —murmuró.
Y entonces, el golpe de la realidad lo azotó con brutalidad.
¡Era Melissa! La hermana de