Al llegar al hotel donde Ellyn se hospedaba, Federico no esperó.
La tomó entre sus brazos con determinación, como si el mundo pudiera quebrarse bajo sus pies si ella se desvanecía.
El cuerpo de ella, cálido y débil por el alcohol, reposaba contra su pecho.
Subieron en silencio, excepto por la respiración agitada de ambos.
Frente a la puerta de la suite, Ellyn murmuró entre sus labios entumecidos:
—La contraseña... es uno, nueve, siete, cinco…
La puerta se abrió con un leve clic.
Entraron. El amb