Cuando el llanto de Melissa finalmente cesó, una calma serena la envolvió.
Sus ojos, aún vidriosos, se posaron en el parque frente a ellos, donde una ligera brisa mecía suavemente las flores moradas que crecían al borde del sendero.
Aquellas pequeñas flores parecían esconder secretos antiguos en su delicado color, y Melissa se quedó contemplándolas con un aire de fascinación.
—¡Qué hermosas son! —exclamó con una sonrisa tímida, aun tratando de recuperar la paz interior—. ¿Verdad que sí?
Él, obse