Melissa caminaba sin rumbo fijo por el parque. Sus pasos eran lentos, arrastrados, como si el alma le pesara más que el cuerpo. El atardecer cubría todo de una luz dorada y melancólica, y el canto de algunos pájaros solitarios le recordaba su propio silencio interior. El mundo seguía, pero dentro de ella todo se había detenido.
Entonces, lo vio.
Rodrigo venía corriendo hacia ella, jadeando un poco, con el rostro encendido por la urgencia.
—¡Melissa! —gritó, y su voz hizo eco entre los árboles.
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