Mundo ficciónIniciar sesiónElizabeth Dowen es contratada para ser la asistente personal de Jonathan Berry, un empresario multimillonario; lo que Elizabeth no sabía es que estaba firmando un contrato con el mismísimo Lucifer. Jonathan Berry no quiere tener una asistente porque una le rompió el corazón, pero con la llegada de Elizabeth, lo hace enloquecer; la quiere lejos de él, pero no puede dejarla ir.
Leer másElizabeth Dowen enciende su coche a las siete de la mañana, debe estar a las ocho en punto en la casa de su nuevo jefe, no lo conoce en persona solo en revistas muchos lo aman y muchos más lo odian, es llamado Lucifer por que es un hombre muy oscuro. Ella prefiere no juzgar a nadie sin conocerlo, y que decir que le van a pagar muy bien, mañana verá su nuevo departamento cerca de la casa de su jefe y todo por cuenta de la empresa, la paga es muy buena casi el triple de lo que ganaba en su antiguo trabajo.
Antes de bajarse del coche se aplicó rubor y labial, siempre le gusta vestir y maquillarse
bonita. Las primeras impresiones son importantes en el trabajo.
Se alisó la falda, se acomodó el escote y bajó del coche, se dirigió al otro lado de la calle a la casa que marcaba un 21.
La residencia donde vive su nuevo jefe es espectacular, días anteriores en la empresa le habían dado el pase especial para poder entrar es una residencial exclusiva, vive mucha gente, famosos y multimillonarios. Al llegar a la entrada, los guardaespaldas le cerraron el paso.
—Identificación por favor. —solicito uno de ellos
—Soy Elizabeth Dowen, la nueva asistente del señor Berry.
—No fui informado sobre ti, permítame un momento.
Mientras el hombre se alejaba para hacer una llamada, Elizabeth aprovechó para observar el entorno. El lujo era evidente en cada rincón. Sus ojos se posaron en un columpio decorativo que parecía sacado de sus propios sueños; recordó haber buscado el precio de uno similar hace tiempo, concluyendo que ni con una vida de trabajo podría costearlo.
—Señorita, lo siento —dijo el guardia al regresar—, el señor Berry no está enterado de su presencia. Por favor, retírese.
Desconcertada, Elizabeth mostró su pase especial de la empresa, pero el hombre fue tajante: sin autorización directa del jefe, no había acceso. Derrotada, regresó a su auto y llamó a Jessica, la reclutadora que la había entrevistado. Tras una tensa espera y algunas llamadas cruzadas, Jessica le dio luz verde: "Vuelve, ya está todo solucionado".
Elizabeth recorrió el camino por segunda vez. El guardaespaldas, con una mezcla de resignación y burla, le permitió el paso. —Pase. El jefe la espera en su habitación. —¿En su habitación? —repitió ella, incrédula.
Una mujer de no más de cincuenta años llamada Luz la recibió en la puerta principal, la guió escaleras arriba en silencio. Elizabeth aprovechó para dar un vistazo a todo el interior.
—Toca y espera a que te deje entrar.
Elizabeth obedeció, pero no obtuvo respuesta. Desesperada por naturaleza y tras varios intentos fallidos, decidió girar el pomo con cuidado. La habitación parecía vacía hasta que la puerta del baño se abrió de golpe.
Frente a ella apareció un hombre completamente desnudo.
Elizabeth se dio la vuelta al instante, sintiendo su rostro arder, en las revistas no le hacían justicia, el hombre era mucho más atractivo en persona y su físico era imponente.
—¡Lo siento, señor! No fue mi intención —exclamó, tratando de controlar el calor que subía por su cuerpo.
—¿Qué haces aquí? ¿Quién te dejó entrar? —la voz de él sonaba peligrosamente cerca—. ¿Quién eres?
—Soy su nueva asistente... Elizabeth Dowen.
Sintió la respiración de él en su nuca mientras el hombre, ignorando por completo su propia desnudez, gritaba furioso por teléfono preguntando quién demonios había autorizado la entrada de una mujer a su hogar. En ese momento, una joven hermosa y elegante salió de la habitación. Era la clase de chica que no necesitaba maquillaje para lucir perfecta.
—Jonathan, debo irme, se me hace tarde —dijo la joven, ignorando la escena.
La chica salió sin importarle que Elizabeth estaba ahí ni quiera le dio los buenos días simplemente se fue.
El jefe, aún desnudo y fuera de sí, cerró la puerta en la cara de Elizabeth sin darle más explicaciones. Furiosa y humillada, ella abandonó la mansión. Al salir, escuchó a los guardaespaldas reírse y apostar dinero sobre cuánto duraría esta vez; al parecer, Jonathan Berry ya había despedido a diez asistentes en un solo mes.
—Voy a esperar al señor Berry aquí mismo —sentenció Elizabeth, enfrentándose con la mirada. La rabia había reemplazado a la vergüenza.
Elizabeth fue citada en las oficinas corporativas y Jesicca la llamó para informarle. Allí descubrió la verdad: su contratación no había sido obra de Jonathan, sino de su hermana, Victoria Berry.
En el séptimo piso de la empresa, Elizabeth conoció finalmente a la mujer detrás del plan. Victoria era joven, astuta y muy parecida a su hermano.
—Hola Elizabeth, siento mucho que Jonathan se comportara a sí—admitió Victoria con honestidad
—Tu currículum es impresionante, pero mi hermano tiene un carácter difícil que está afectando nuestra imagen. Necesito a alguien como tú.
—No estoy entendiendo nada; honestamente, estoy un poco abrumada por todo esto.
—Y lo entiendo, Elizabeth, debí tener una charla contigo antes de mandarte con mi hermano. Cómo pudiste ver es complicado; hasta ahora no ha mantenido a sus asistentes, algunos solo duran medio día. Seré honesta contigo: mi hermano tiene un carácter difícil, muchos no quieren tratar con él, y se refleja en nuestra imagen. Siento que tú aportarás mucho, no necesité conocerte para saberlo, y ahora que te tengo aquí, lo puedo confirmar.
—Pero su hermano me ha echado.
—Te llevaré a su oficina, toma. Me entrega un portafolio.
—Es todo lo que necesitas saber de mi hermano y de su agenda. John es muy responsable con su trabajo, a su manera, claro.
Elizabeth se lamenta de haber aceptado el empleo.
Victoria la condujo de hacia a la oficina de su hermano, un espacio dominado por pesadas cortinas negras y un ambiente un poco tenebroso.
—A John le gusta la oscuridad, pero cuando hay clientes, abre las cortinas.
Aquí está la cafetera; a John le gusta solo este café. En el portafolio está la cantidad de café y de azúcar; por favor, hazlo con las cantidades exactas.
—Me voy, tengo una reunión en solo media hora, cualquier cosa puedes decirme, y llámame Victoria, por favor. Odio que me digan señora, pero es difícil para algunos decirme mi nombre.
Elizabeth se quedó sola en la inmensa oficina. Miró las sombras y, sin dudarlo, caminó hacia las ventanas para abrir las cortinas de par en par. No iba a permitir que la oscuridad —ni el mal humor de su jefe— dominaran su nuevo territorio.
Elizabeth estaciono el coche a las nueve y media, más tarde de lo que había planeado, pero Oliver no había querido soltarla y Elizabeth no había querido soltarlo a él y las dos cosas habían sucedido al mismo tiempo, no fue hasta que se durmió y la hermana Rosario se lo arrebató de las manos con mucho cuidado para que el niño no despertara.Elizabeth no se fue hasta que ella misma lo tapo, le dio un beso y salió del orfanato.Los brazos le dolían, Oliver estuvo todo el dia con ella, a veces en los brazos a veces buscando cuando estaba de curioso.Sus amigas habían escrito a las siete.Cena en casa de Salma. Ven.Elizabeth lo había leído en el semáforo y había respondido con honestidad.Hoy no. Mañana.Virginia había mandado un emoji de decepción. Salma había mandado tres. Ana no había mandado nada que era la manera de Ana de decir que entendía. La casa estaba en silencio cuando entró. Se fue directamente a la ducha, se paro debajo del agua caliente y dejo que hiciera su trabajo sin p
La semana había pasado rápido, más de lo que Elizabeth esperaban, solo una vez en toda la semana mandó mensajes a Jonathan había sido breve, lo que le había prometido y nada más.Estoy bien. La respuesta llegó cuarenta minutos después.Ok.Elizabeth lo leyó. Guardó el teléfono. Y se quedó un momento con esa palabra de dos letras procesando lo que cargaba, porque Jonathan en dos letras podía decir muchas cosas y ella ya sabía cuáles eran. Jonathan estaba cumpliendo su palabra, no la llamaba, no le escribia y no había venido a verla. Bajo las escaleras, tomó su gran bolso, ayer se paso lo que restaba de la tarde en hacer galletas de avena y lleva leche para acompañar las galletas tenía tres días trabajando en el orfanato, le daba clases a los niños de siete años pero hacia mas cosas que solo da clases, se ha quedado ,más tiempo de lo normal, ella sabe que no le pagaran mucho pero en estos momentos no es que necesitara tanto dinero, viviendo en la casa de Jonathan no pagaba ningún ser
Jonathan llegó a la oficina a las siete de la mañana, no porque tuviera cosas que hacer, o algo urgente que necesitará su presencia a esa hora, pero no quería pasar ni un minuto más con Addison que se levantaba temprano hacer desayuno, dejarle en la mesa el periodico y el le molestaba esa actitud. Leo estaba durmiendo, no había razón alguna para que él se quedara a soportarla. Así que se fue.Cerro la puerta, otras veces se habria sentado pero esta vez hizo algo diferente abrió las cortinas, ya no queria mas oscuridad en su vida, después de abrir las cortinas llamó a recursos humanos para pedir que cambiaran sus cortinas pensó en el color — Las quiero blancas y también llama a un decorador voy ha hacer unos cambios.— Sí señor — le dijo una voz femenina al otro lado.Colgó, pero ahora marco el número de su hermana.Contestó al primer timbre, que significaba que estaba despierta —Necesito un favor —dijo Jonathan, sin preámbulo.—Dime.—El hombre con el que te estás viendo.—Jonathan.
El vuelo duró tres horas y media. Elizabeth las pasó con la frente apoyada en la ventanilla y los ojos en las nubes, estaba cansada pero también muy triste por tener que irse a si sin despedirse.Cuando el avión aterrizó en Owensboro y las luces del tablero se encendieron y la gente empezó a levantarse con la prisa de siempre, Elizabeth se quedó sentada un momento más. Respiró. Una vez. Luego recogió su bolso y salió.Ana, Virginia y Salma estaban esperando en la entrada, las vio antes de que ellas la vieran a ella, por un momento Elizabeth agradeció tenerlas, quién sabe qué habría hecho sin amigas.Elizabeth sintió algo en el pecho que no tenía nombre exacto pero que era cálido y era real y que esta noche necesitaba más de lo que había calculado. —Hola —dijo Elizabeth, con una voz que salió más pequeña de lo que pretendía.—Hola tú —dijo Ana.Elizabeth abrazo a sus tres amigas. Después subieron al auto de Ana. Ana arrancó el coche con esa manera de manejar que era ligeramente más r





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