El silencio que cayó sobre el jardín fue sepulcral.
El bullicio de la fiesta se apagó como si alguien hubiese cortado la música del alma.
Los invitados, paralizados, no sabían si mirar o desviar la vista.
Solo los ojos de Melissa se mantenían firmes, clavados en Sebastián.
No había lágrimas. No había rabia desbordada.
Solo esa expresión demoledora, mezcla de lástima, desilusión y una repulsión silenciosa, como si por fin viera al hombre que era sin ningún velo.
Su voz fue baja, pero cortante