DAKOTA
Inquieta me pasee una y otra vez por la habitación, nerviosa.
—Dakota, por favor, tienes que calmarte—me decía Cherise.
Negué con la cabeza.
—Es que cómo pudo hacerme esto ¡Ese imbécil va a pagármelas!
Cherise soltó un bufido.
—Ese imbécil es mi hijo—masculló.
Me dejé caer en la cama de nuevo, sin sentir un poco de remordimiento por haber ofendido a su hijo.
—¿Cómo pudo hacerlo? —repetí furiosa—¡dejarnos a las dos!
Cherise se levantó de su lugar y vino hacia mí para sacudirme por los hom