La luz artificial de la UCI tenía esa cualidad implacable que convertía cada segundo en una eternidad medible. Valeria observaba el monitor junto a la cama de Sebastián, los números parpadeando con una regularidad que debería resultar reconfortante pero que solo servía para recordarle cuán frágil era la línea entre la vida y la muerte.
Habían pasado cuarenta y ocho horas desde la cirugía de emergencia. Cuarenta y ocho horas de vigilia compartida entre ella e Isabella, turnándose para sostener la