La llamada llegó cuando Valeria apenas había cerrado los ojos en el asiento trasero del vehículo militar que los transportaba de regreso desde el desierto. El zumbido del teléfono la arrancó de ese estado liminal entre la vigilia y el sueño, y por un momento no supo dónde estaba. Luego sintió el dolor sordo en el brazo donde habían insertado la aguja para la transfusión, y todo regresó con claridad brutal.
—¿Sí? —Su voz sonó ronca, rasposa por la arena y el agotamiento.
—Valeria. —La voz del Com