El silencio del desierto se rompió con el grito simultáneo de dos voces femeninas.
—Yo dono.
Valeria e Isabella hablaron al mismo tiempo, sus palabras superponiéndose en el aire denso de la tienda médica improvisada donde Sebastián yacía sobre una camilla, su respiración cada vez más superficial. La sangre continuaba filtrándose a través de los vendajes que el médico militar marroquí había aplicado con manos expertas pero claramente insuficientes para detener la hemorragia interna.
El doctor Anw