Mundo ficciónIniciar sesiónEl Gran Salón de la Academia de Biogenética era una catedral de cristal y luz fría, diseñada para que cualquier ciudadano se sintiera pequeño ante la magnificencia del progreso. Pero para Elena Vance, el lugar olía a muerte. Cada vez que inhalaba el aire filtrado y cargado de ozono, sus pulmones buscaban el rastro metálico de la sangre que, en su memoria, había cubierto estas mismas baldosas.
Caminaba en la fila de los dieciocho años, sintiendo el peso de mil ojos invisibles. A su alrededor, los otros estudiantes susurraban con una excitación artificial, sus metabolismos acelerados por las dosis preventivas del Suero Alpha. Elena, en cambio, era un volcán silencioso. Sus uñas se clavaban en sus palmas, dejando medias lunas blancas; luchaba por no dejar que sus ojos ámbar se filtraran a través del odio que le quemaba las retinas.
Entonces, el aire cambió. Un siseo eléctrico anunció la apertura de las puertas superiores y él entró.
Julian Vane.
No era una proyección holográfica borrosa. Era el hombre de carne, hueso y una voluntad de hierro. Vestía su uniforme de gala negro, con el cuello rígido y las insignias de mando brillando como escamas de plata. Su presencia detuvo el murmullo de la sala como si hubiera succionado el oxígeno.
Elena lo observó bajar las escaleras del estrado. En su mente, todavía sentía el crujido de su esternón bajo la bota de ese hombre. Todavía sentía el frío del puñal que él le había hundido en el pecho mientras le susurraba promesas de "pureza". El trauma del futuro la golpeó con una náusea física, pero se obligó a permanecer erguida.
Julian se detuvo en el centro, recorriendo la fila con una mirada gris que era capaz de desmantelar mentiras. Pero cuando sus ojos se posaron en Elena, el mundo pareció fracturarse.
Julian se tambaleó. Fue un milímetro, un simple titubeo en su paso marcial, pero para los sentidos agudizados de Elena, fue un terremoto. Él palideció, sus pupilas se dilataron hasta engullir el iris y su mano voló instintivamente a su propio pecho, justo sobre el corazón, como si buscara una herida que no estaba allí.
—Siguiente —anunció la voz sintética de la Estación de Escaneo.
Elena avanzó con una lentitud deliberada. Se colocó bajo el arco de luz azul.
—Identidad confirmada: Elena Vance —la IA resonó en las paredes de cristal—. Anomalía crítica. Niveles de Suero Alpha: 0%. Alerta de mutación orgánica detectada.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido de los rifles de los Pretorianos al quitar el seguro. Los guardias se tensaron, listos para reducir a la "aberración". Pero Julian levantó una mano, deteniéndolos con un gesto frenético.
Él se acercó a ella. Sus pasos ya no eran rítmicos; eran los de un hombre poseído. Se detuvo tan cerca que Elena pudo oler el sándalo de su piel y el aroma rancio del sudor frío que empezaba a cubrirle la frente.
—Tú... —la voz de Julian era un rasguño, despojada de toda su autoridad pública—. Te he visto. He soñado con tus ojos cada noche desde que tengo memoria de este día.
Elena se inclinó hacia él, reduciendo el espacio hasta que solo hubo un suspiro de distancia. Sus ojos ámbar brillaron con una luz salvaje, sin lentes de contacto, sin disfraces.
—No fue un sueño, Julian —siseó ella, su voz cargada de un veneno que solo él pudo saborear—. Fue una ejecución. ¿Sientes el vacío en tus manos? Es el peso de mi cadáver.
Julian retrocedió un paso, jadeando. La confusión en su rostro se transformó en algo mucho más oscuro y peligro de lo que Elena recordaba: obsesión pura. No entendía sus palabras, pero su cuerpo reclamaba la proximidad de ella como un adicto reclama su dosis. La "conexión" no era amor, era una soga que los apretaba a ambos.
Él no ordenó su arresto inmediato. No llamó a los científicos. En lugar de eso, rodeó la muñeca de Elena con sus dedos, apretando con una fuerza que buscaba marcarla. Su pulso galopaba contra la piel de ella.
—Llévenla a mi oficina privada en el Complejo Central —ordenó Julian a sus hombres, su voz recuperando una frialdad forzada que no engañaba a nadie—. Nadie la toca. Si un solo sensor registra un daño en ella, quemaré este sector con todos ustedes dentro.
Mientras los guardias la rodeaban, Julian no apartó la vista de ella. La observaba como un náufrago observa la costa: con una mezcla de salvación y terror. Elena le devolvió una sonrisa gélida, una promesa de guerra.
—Bienvenido al inicio de tu fin, Alcalde —murmuró ella mientras era escoltada hacia la salida.
Julian se quedó solo en el centro del salón, con la mano todavía temblando por el contacto. El eco de la voz de Elena resonaba en su cabeza como una profecía sangrienta. No sabía quién era ella, ni por qué sentía que su vida dependía de su aliento, pero sabía una cosa: no la dejaría ir. Nunca más.







