Mundo ficciónIniciar sesiónLa puerta de la oficina de Julián se cerró con un siseo hidráulico que sonó como una sentencia. Elena se quedó de pie, inmóvil, mientras sus ojos escaneaban el lugar. Era un espacio frío, lleno de ángulos rectos y tecnología de punta que brillaba con un azul eléctrico. Desde los ventanales, Lumina se extendía como un cementerio de cristal bajo el cielo artificial.
Julián se quitó la chaqueta de gala y la arrojó sobre el escritorio. Se desabrochó los dos primeros botones de la camisa, revelando una piel pálida y tensa. Se movía con una lentitud calculada, como un animal que sabe que tiene a su presa acorralada y quiere disfrutar del miedo antes del golpe final.
—Habla —soltó él. Su voz era un trueno bajo—. ¿Cómo sabías mi nombre antes de que te lo dijera? ¿Cómo sabías que te estaba buscando en mis sueños?
Elena soltó una carcajada seca, cargada de veneno. Se acercó a él, ignorando el peligro, hasta que el olor a sándalo y metal de su perfume la golpeó de frente.
—No son sueños, Julián. Son restos de la basura que hiciste. Me mataste. Me rompiste las costillas contra el mármol de la plaza mientras me decías que nunca me habías querido. ¿Ya se te olvidó el sabor de mi sangre?
Julián la tomó por los hombros, apretando con una fuerza que prometía dejar marcas moradas. Sus ojos grises estaban inyectados en sangre, perdidos en una confusión que lo estaba volviendo loco.
—¡Mientes! —rugió, sacudiéndola ligeramente—. No te conozco. No sé quién eres, pero cada vez que te miro siento que me falta el aire. ¡Dime qué me has hecho!
—Te he devuelto el reflejo de lo que eres —siseó ella.
En un arrebato de furia y asco, Elena se lanzó hacia adelante. No buscaba un beso; buscaba herirlo. Clavó sus dientes en el labio inferior de Julián con una fuerza salvaje, desgarrando la carne hasta que el sabor metálico y caliente de la sangre inundó su boca.
Julián soltó un gruñido gutural, un sonido que no tenía nada de humano. Por un segundo, Elena esperó que la golpeara, que la arrojara contra la pared. Pero lo que vino fue peor.
Julián escupió la sangre sobrante a un lado, manchando el suelo de obsidiana, y antes de que ella pudiera reaccionar, la rodeó por la nuca con una mano y la otra la hundió en su cintura, pegándome a su cuerpo. La besó. Fue un beso desesperado, violento, cargado de un hambre que parecía venir de otra vida. Sus labios estaban rotos, calientes y sabían a hierro.
Elena luchó. Sus manos golpearon el pecho de Julián, intentando apartar esa masa de músculo y autoridad que la asfixiaba. Pero algo en su biología, algo en esa conexión maldita que el Protocolo Lázaro no pudo borrar, la traicionó. Sus rodillas flaquearon. El calor que emanaba de Julián era como una droga en medio del invierno de Lumina. Por un segundo eterno, ella le devolvió el beso, sus dedos enredándose en su cabello oscuro, perdiéndose en la adrenalina del momento.
Fue entonces cuando lo vio.
Al cerrar los ojos, no fue la oscuridad lo que encontró. Fue el destello de la plaza vacía. Sintió de nuevo el peso de Julián sobre ella, vio el brillo de la daga de plata bajando hacia su pecho y escuchó, con una claridad aterradora, el crujido de sus propias costillas rompiéndose. El dolor fantasma le atravesó el pulmón, robándole el oxígeno.
Elena se separó de golpe, jadeando. Sus ojos se fijaron en los de Julián, que brillaban con una pasión oscura y posesiva. Pero ella ya no veía al hombre que la besaba; veía al asesino que le había dicho "nunca te quise".
El mundo empezó a dar vueltas. El azul de la oficina se volvió rojo. Sus piernas cedieron y la oscuridad la reclamó antes de que su cuerpo tocara el suelo.
—¡Elena! —el grito de Julián rompió el silencio.
Él la atrapó antes del impacto, su corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado. El pánico, un sentimiento que Julián Vane creía haber erradicado de su sistema, lo invadió por completo. La levantó con una delicadeza que contradecía su naturaleza y la colocó en la silla de cuero de su escritorio.
—¡Elena, mírame! —le dio unos golpecitos suaves en la mejilla, pero ella estaba ida, pálida como la cera—. ¡Maldita sea!
Se alejó de ella, tratando de recuperar la compostura, aunque sus manos temblaban de forma violenta. Se pasó la mano por los labios, limpiándose la sangre que aún brotaba de la herida que ella le había causado. Activó el comunicador de su escritorio con un golpe seco.
—¡Médico de guardia! —rugió por el canal privado—. ¡A mi oficina ahora mismo! ¡Si tardan más de un minuto, los haré ejecutar por negligencia! ¡Muévanse!
Julián volvió a arrodillarse frente a ella, observando su pecho subir y bajar en respiraciones cortas y erráticas. No entendía qué acababa de pasar. Ella estaba bien hace un segundo, peleando como una loba, y de repente se había desmoronado como si su alma hubiera abandonado el cuerpo.
—¿Qué me estás ocultando, Elena? —susurró él, rozando con sus dedos la frente fría de la chica—. ¿Y por qué siento que me estoy muriendo contigo?
En la soledad de la oficina, el hombre más poderoso de la ciudad del hielo se quedó velando el sueño de su peor enemiga, sin saber que el fantasma de su propio crimen era lo que la estaba matando por dentro.







