Protocolo Lázaro: Reclamada por mi asesino Alfa
Protocolo Lázaro: Reclamada por mi asesino Alfa
Por: Abril Abril
La promesa rota.

La Plaza de la Concordia, el corazón de cristal de Lumina, nunca había estado tan silenciosa. El zumbido constante de los drones de vigilancia había cesado, y las pantallas gigantes que normalmente escupían propaganda sobre la "Pureza Biológica" estaban apagadas, como lápidas negras rodeando el perímetro.

Elena caminaba hacia el centro, sus botas dejando huellas de barro en el mármol inmaculado. Llevaba una túnica blanca, un símbolo de tregua que se sentía pesado sobre sus hombros. Como mediadora de los Colmillos de Hierro, los licántropos de nacimiento que morían en los suburbios, ella había puesto su vida en juego para pactar este encuentro.

Su corazón martilleaba, pero no de miedo. Era una mezcla de esperanza y alivio.

—¿Julián? —llamó ella. Su voz rebotó en los edificios vacíos—. Ya estoy aquí. Tal como lo prometiste.

De entre las sombras de las columnas de la alcaldía, surgió él. Julián Vane caminaba con su habitual elegancia marcial, el uniforme negro impecable, pero esta vez no traía a su guardia pretoriana. Estaba solo. Elena sintió que un nudo se deshacía en su garganta. Si él venía solo, es que realmente quería la paz.

Corrió los últimos metros hacia él, deteniéndose a un suspiro de distancia.

—Sabía que vendrías —dijo Elena, buscando desesperadamente sus ojos grises—. Sabía que, detrás de ese muro de hierro que construiste, seguías siendo el hombre bueno del que me enamoré. Lumina puede ser diferente, Julián. No más sangre, no más suero forzado. Podemos unir a los nacidos con los creados. Podemos ser... nosotros.

Julián no respondió de inmediato. La observó con una fijeza gélida, como un cientifico estudiando un insecto antes de atravesarlo con un alfiler. Lentamente, extendió un brazo y la rodeó por la cintura, tirando de ella hacia su pecho. Elena cerró los ojos, apoyando la mejilla en su hombro, creyendo por un segundo que el abrazo era correspondido.

Pero entonces, sintió el frío.

Julián se inclinó, rozando su oído con los labios en un gesto que desde lejos parecería un secreto de amantes.

—Qué pequeña eres, Elena —susurró él, y su voz era un témpano de hielo—. Qué increíblemente ingenua. ¿Realmente creíste que un hombre como yo dejaría el poder por un sentimiento tan vulgar como el amor?

Elena intentó separarse, pero el brazo de él era una cadena de acero.

—Julián, ¿qué estás...?

—Nunca te quise —continuó él, cada palabra una puñalada—. Fuiste la herramienta perfecta. La mediadora que me entregó los nombres y las ubicaciones de los Colmillos de Hierro en bandeja de plata. La guerra no se acaba hoy, Elena. Hoy comienza la limpieza total.

La empujó con una fuerza brutal. Elena cayó de espaldas sobre el mármol, el impacto le robó el aire. Cuando levantó la vista, Julián ya tenía la daga de plata en la mano. El metal brillaba con un resplandor azulado, sediento.

—¡No, Julián! ¡Por favor! —suplicó ella, arrastrándose hacia atrás, sus manos raspándose contra el suelo—. ¡Te amo! ¡Lo hice por ti!

Él no dudó. Se lanzó sobre ella, clavando su rodilla en el estómago de Elena para inmovilizarla. Con un rugido de furia contenida, hundió la daga en su pecho. El sonido fue un crujido seco, un estallido de hueso cuando el metal partió su esternón y le quebró dos costillas por la pura violencia del golpe.

Elena arqueó la espalda, su boca abriéndose en un grito mudo que terminó en un borbotón de sangre caliente. El dolor era un incendio devorando sus pulmones. Sus dedos, débiles y temblorosos, rozaron la mejilla de Julián, manchándola de rojo.

—Te... amo... —logró articular con su último aliento, una chispa de ámbar extinguiéndose en sus ojos.

Julián se quedó paralizado sobre ella. El peso de su cuerpo muerto parecía haber multiplicado su gravedad por mil. Miró sus manos, empapadas en la sangre dorada y densa de la mujer que acababa de asesinar, y algo en su mente se fracturó. El velo de fanatismo cayó, dejándolo solo con la realidad de su crimen.

—¿Elena? —susurró, su voz rompiéndose—. ¡Elena! ¡No! ¡Despierta!

El silencio de la plaza se volvió insoportable. Julián apretó el cadáver contra su pecho, aullando de un dolor que no era físico, un arrepentimiento que quemaba más que la plata.

—No te dejaré ir —rugió al cielo vacío—. Si tengo que quemar el tiempo, lo haré.

Con manos frenéticas, activó el dispositivo en su muñeca, el enlace directo al núcleo de la ciudad.

—Iniciando Protocolo Lázaro. Autorización: Vane-001. Sobrecarga el núcleo temporal. ¡Hazlo ahora!

Un destello blanco, más brillante que mil soles, consumió la plaza, borrando el dolor, la sangre y el cadáver de Elena.

...

Despertar.

Elena se sentó de golpe en su cama, las sábanas enredadas en sus piernas como sudarios. Sus manos volaron a su pecho, buscando la herida, el hueso roto, la daga. No había nada. Solo el latido frenético de su corazón y el rastro de un llanto que no recordaba haber empezado.

Miró el reloj: 06:00 AM. Día de la Inyección Obligatoria.

—Me mataste —susurró al aire viciado de su habitación, sus ojos ámbar brillando con un odio que no pertenecía a esa mañana—. Recuerdo el sabor de tu traición, Julián. Recuerdo el sonido de mis huesos rompiéndose bajo tu mano.

Se levantó, y esta vez, cuando se miró al espejo, no vio a la mediadora que creía en la paz. Vio a la loba que iba a devorar al hombre que la llamó "herramienta". La guerra no se iba a detener; Elena se encargaría de que esta vez, el mármol de la plaza se tiñera con la sangre de él.

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