Capitulo 6: El Rebobinar de la muerte.

El mundo se quebró en un estallido de estática blanca.

No fue una explosión de fuego, sino de sonido. Una frecuencia aguda, inhumana, surgió desde el núcleo de la Alcaldía, expandiéndose por la Plaza de la Concordia como una onda de choque que congeló el aire al instante. Julián, que estaba a punto de asestar un golpe definitivo a Caleb, sintió que sus tímpanos estallaban. Sus súper sentidos, potenciados por el Suero Alpha, se convirtieron en su peor enemigo: cada vibración del aire era como un millar de agujas perforándole el cráneo.

A su lado, Caleb Thorne, el coloso de los rebeldes, soltó un alarido sordo antes de caer de rodillas, con las manos presionando sus oídos hasta hacerse sangre. El humo blanco, denso y gélido, comenzó a brotar de las grietas del suelo, devorando la ciudad en una niebla que borraba el horizonte.

—¿Qué… es… esto? —logró jadear Julián antes de que su visión se fundiera a negro.

Lo último que vio fue el ático, donde el resplandor ámbar de Elena se apagaba bruscamente ante la presión de la frecuencia. Luego, el vacío lo reclamó.

[ALERTA DE SISTEMA: PROTOCOLO LÁZARO ACTIVADO. OPCIÓN: REORGANIZACIÓN DE LOS HECHOS.]

Una voz sintética, desprovista de toda emoción, resonó en el vacío. [ANOMALÍA DETECTADA. CAMBIO TEMPORAL INICIADO. REBOBINANDO…]

Julián inhaló una bocanada de aire helado y se incorporó de golpe. No estaba en la plaza. Estaba de pie en su balcón privado, con las manos apoyadas en la barandilla de grafeno. El cielo de Lumina estaba despejado, el sol artificial brillando con su habitual perfección cínica. No había humo, no había gritos, no había sangre.

Se miró las manos. Sus guanteletes de plata estaban limpios, sin rastro del pelaje de Caleb o del hollín de las explosiones. Pero el dolor en sus tímpanos… ese eco residual todavía estaba ahí, martilleando como una advertencia.

—Sucedió de nuevo —susurró, su voz temblando por primera vez en una década—. El tiempo… regresó.

Julián cerró los ojos, procesando la avalancha de recuerdos que no pertenecían a "este" presente. Recordaba el ataque, recordaba a Caleb llamándola "Reina" y, sobre todo, recordaba la luz ámbar destruyendo su ático. No era una visión; era una memoria de un futuro que el Protocolo Lázaro acababa de borrar para protegerlo. O para condenarlo.

Miró el reloj de su muñeca. Faltaban exactamente siete minutos para que Caleb Thorne hiciera estallar la periferia del sector.

—Comandante Marcus —activó su comunicador con una orden seca y cortante—. Cancele el patrullaje del Sector 7. Desvíe todos los escuadrones de pulso a los túneles del subsuelo. Hay una carga explosiva en la columna de soporte B-14. Desactívenla ahora mismo.

—Señor, ¿cómo sabe que…?

—¡Hágalo! —rugió Julián—. Y preparen los inhibidores sónicos de frecuencia 4. Tenemos una incursión de Sangre Pura. No los quiero muertos; los quiero ciegos antes de que lleguen a la plaza.

Julián se dio la vuelta, ignorando las confirmaciones confusas de sus subordinados. No le importaba la estrategia militar en ese momento. Su mente estaba en la habitación que tenía a sus espaldas, donde Elena Vance yacía "dormida" bajo el efecto del trance que la daga de plata le había provocado.

Entró en la suite, y el aroma de ella —ese olor a bosque bajo la lluvia y algo peligrosamente dulce— lo golpeó como un impacto físico. Elena estaba en la cama, moviéndose inquietamente entre las sábanas de seda gris. Julián se acercó, su corazón latiendo con una fuerza que el suero no podía regular.

Él ahora tenía la ventaja. Sabía lo que venía. Podía detener a Caleb, podía salvar su ciudad y podía mantener a Elena encerrada para siempre. Pero mientras la observaba, un sentimiento de pánico comenzó a reptar por su espina dorsal. Si el Protocolo Lázaro se había activado solo, significaba que la línea temporal estaba colapsando. La "Reorganización de los Hechos" no era un regalo; era un parche de emergencia.

—¿Qué eres, Elena? —murmuró, sentándose al borde de la cama—. ¿Por qué el universo mismo se rompe para que yo no te pierda?

Se inclinó sobre ella, rozando su frente con los labios. Elena soltó un gemido, pero no despertó. En cambio, su piel comenzó a emitir un calor que atravesó la ropa de Julián. Un calor que no era humano.

De repente, la alarma sónica que Julián había ordenado preparar no fue necesaria. Un sonido de cristal rompiéndose, pero no por fuera, sino dentro de la habitación, lo hizo saltar hacia atrás.

Elena abrió los ojos.

No eran los ojos ámbar de la chica que recordaba la plaza. No eran los ojos de la víctima que lloraba por sus costillas rotas. Eran pozos de oro incandescente, carentes de pupila, que iluminaron la habitación con una intensidad cegadora.

Las sábanas comenzaron a flotar. Los muebles de metal de la habitación empezaron a vibrar, elevándose unos centímetros del suelo. Julián sintió que la gravedad se alteraba, tirando de él hacia ella.

—Elena… —intentó decir, pero su voz se ahogó en el vacío.

El cuerpo de ella se arqueó con una gracia aterradora. Su piel empezó a cubrirse de un patrón de runas doradas que brillaban bajo la dermis, como venas de luz pura. Ya no era la prisionera; era una fuerza de la naturaleza despertando en el corazón de la tecnología.

El aire en la habitación se volvió irrespirable, cargado de una energía que hacía que el Suero Alpha en las venas de Julián hirviera, causándole un dolor agónico. La daga de plata que él guardaba en su cinturón comenzó a derretirse, el metal precioso goteando como lágrima de mercurio ante la simple presencia de ella.

Elena se incorporó, flotando a pocos centímetros del colchón. Su cabello oscuro ondeaba en una corriente de aire invisible. Miró a Julián, y aunque su rostro era el de Elena, la expresión era la de una deidad que observa a un insecto pretencioso.

—El tiempo es un círculo, Julián —dijo ella, y su voz no salió de sus labios, sino que resonó directamente en la mente de él, como mil campanas de oro—. Puedes reiniciarlo mil veces, puedes intentar borrar tu pecado con máquinas… pero la sangre no olvida.

Julián cayó de rodillas, no por sumisión, sino porque sus músculos no podían soportar la presión cuántica que ella emanaba. La habitación de lujo se estaba convirtiendo en un templo de destrucción.

—Elena, detente… vas a matarnos a todos —logró articular, mientras veía cómo las paredes de grafeno empezaban a agrietarse.

Ella ladeó la cabeza, y una sonrisa cruel, una que Julián nunca le había visto, se dibujó en su rostro.

—No voy a matarte, mi querido verdugo. Voy a obligarte a vivir para ver cómo tu mundo de hielo se convierte en el altar de mi regreso.

En ese momento, una explosión de luz ámbar envolvió la suite, y Julián supo que, aunque había evitado el ataque de Caleb con su conocimiento del futuro, acababa de desatar algo infinitamente peor.

Elena ya no era una loba. No era una Sangre Pura.

Era la Diosa de la Guerra que el Protocolo Lázaro había intentado ocultar, y a

hora, ella era la dueña del tiempo.

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