Mundo ficciónIniciar sesiónEl estruendo de la explosión hizo que la habitación vibrara como si el edificio de la Alcaldía fuera un gigante herido. Los fragmentos de cristal de las ventanas reforzadas llovieron sobre la alfombra de seda, brillando como diamantes bajo la luz de emergencia roja que comenzó a girar en el techo.
Elena tenía a Julián inmovilizado contra el colchón, sus dedos clavados en sus hombros con una fuerza que hacía crujir las costuras del uniforme del Alcalde. Su respiración era un gruñido bajo, animal, y sus ojos ámbar desprendían una luminiscencia dorada que iluminaba las facciones de él. Por un segundo, Julián no vio a una prisionera; vio a la muerte vestida de mujer, y la sensación le provocó una erección involuntaria, una chispa de deseo oscuro mezclada con la adrenalina del combate.
—Dime, Julián… —susurró ella, su voz vibrando contra la garganta de él—. ¿Estás listo para descubrir por qué me llamaste tu ruina?
Julián, con un movimiento rápido que desafiaba la presión sobre su cuello, alcanzó la daga de plata que había dejado sobre la mesilla. No buscaba herirla, solo alejarla. Pero en cuanto el metal puro entró en el campo visual de Elena, el efecto fue devastador.
La furia en el rostro de la chica se evaporó. Sus pupilas se contrajeron hasta ser meros puntos negros y su cuerpo se tensó en un espasmo violento. El brillo dorado de sus ojos se apagó como una vela soplada por el viento. Soltó un gemido ahogado, una mezcla de dolor físico y terror ancestral, y se desplomó pesadamente sobre el pecho de Julián.
Él la sostuvo, sintiendo su peso muerto. Estaba fascinado. Era una debilidad que no tenía sentido. Los licántropos creados con el Suero Alpha, como él y sus soldados, usaban la plata en sus aleaciones de combate porque el metal reaccionaba con el químico en sus venas, potenciando su fuerza y velocidad. Para Julián, la plata era un tónico, un catalizador. Para Elena, era una llave que cerraba su conciencia, un veneno que la lanzaba a los brazos de un trauma que él seguía sin comprender.
—¿Qué te hice, Elena? —murmuró Julián, apartándole un mechón de cabello empapado en sudor—. ¿Qué cicatriz dejé en tu alma que ni siquiera el tiempo puede borrar?
La apartó con cuidado y la depositó en el centro de la cama. Activó el protocolo de cierre magnético de la habitación. Las paredes de grafeno descendieron, sellando la suite como una caja fuerte impenetrable. No podía llevarla al laboratorio; no ahora que los Colmillos de Hierro estaban derribando sus puertas. La quería allí, bajo su aroma, en su territorio.
Fuera, el aire de Lumina apestaba a ozono y carne quemada. La plaza que antes era un monumento al orden ahora era un campo de batalla. Los tanques de pulso de la Alcaldía ardían, y en medio del caos, una figura se alzaba sobre los restos de una patrulla destrozada.
Caleb Thorne.
Si Julián era el frío acero de la disciplina, Caleb era el fuego descontrolado de la naturaleza. Era un hombre de una envergadura colosal, con el torso desnudo a pesar del frío químico de la noche. Su piel estaba cubierta de cicatrices de guerra y tatuajes tribales que brillaban con una luz rojiza. Sus músculos, densos y definidos como cordones de acero, se movían bajo su piel con una potencia bruta. No necesitaba armadura; su propia musculatura era un escudo forjado en la supervivencia.
Caleb rugió, un sonido que hizo que los cristales que aún quedaban en pie estallaran. Sus ojos eran de un verde radiactivo, fijos en la torre de la Alcaldía.
—¡Vane! —su voz era un trueno que sacudía los cimientos—. ¡Sé que la tienes! ¡Devuélvenos a nuestra Reina o convertiré este nido de cristal en un cementerio de ceniza!
Julián salió al balcón inferior, bajando por la plataforma de levitación con la elegancia de un ángel caído. Sus manos estaban cubiertas por sus guanteletes de combate, aleados con plata pura que ya empezaba a emitir un leve zumbido eléctrico en contacto con su piel.
—Thorne —dijo Julián, aterrizando suavemente sobre el mármol agrietado—. Has ensuciado mi plaza. Espero que estés listo para pagar la limpieza con tu sangre.
Caleb no esperó. Se lanzó hacia adelante con una zancada que cubría metros enteros. No era el movimiento refinado de un soldado; era la carga de un depredador Alfa. Cuando sus puños chocaron contra el escudo de energía de los guanteletes de Julián, la onda de choque lanzó a los soldados cercanos por los aires.
La pelea fue una danza macabra de contrastes. Julián se movía con una velocidad quirúrgica, usando la plata para potenciar sus reflejos, esquivando los golpes de maza de Caleb por milímetros. Cada vez que Julián conectaba un golpe, el metal de sus guanteletes quemaba la piel del Alfa, dejando marcas de humo negro.
Pero Caleb no retrocedía. Su regeneración era salvaje. Las heridas se cerraban casi al instante, dejando tras de sí un rastro de vapor. Agarró a Julián por el cuello del uniforme y lo lanzó contra una columna, partiendo el mármol en dos.
—Ella no te pertenece —gruñó Caleb, su rostro transformándose, sus facciones volviéndose más lobunas, más afiladas—. La mataste una vez en el nombre de tu orden. No dejaré que lo hagas de nuevo.
Julián se puso en pie, limpiándose un rastro de sangre azulada de la comisura de los labios. Sus ojos grises brillaban con una intensidad maníaca.
—¿La maté? —preguntó Julián, su voz cargada de una curiosidad enfermiza mientras cargaba de nuevo—. Todos parecen recordar una historia que yo no he escrito. Pero tienes razón en algo, lobo. Ella no me pertenece… todavía. Pero te aseguro que antes de que salga el sol, ella habrá olvidado tu nombre y el de tu estirpe.
Caleb rugió de nuevo, sus garras extendiéndose, rompiendo sus propios nudillos en el proceso. Los dos Alfas se enredaron en un torbellino de garras y metal. Julián logró clavar sus dedos de plata en el hombro de Caleb, quemando el músculo, pero el rebelde respondió con un cabezazo que hizo que Julián viera estrellas.
En el fragor de la batalla, algo cambió. Un sonido agudo, una frecuencia sónica que no provenía de ninguno de los dos, inundó la plaza.
Julián y Caleb se separaron, jadeando, sus pechos subiendo y bajando con violencia. Miraron hacia arriba, hacia la suite privada del Alcalde. Las paredes de grafeno que Julián había sellado estaban empezando a resquebrajarse desde dentro. Un resplandor ámbar, mucho más potente que cualquier cosa que Julián hubiera visto antes, se filtraba por las grietas.
Caleb palideció bajo su pelaje incipiente.
—No… todavía no es el momento. No está lista para despertar del todo.
Julián sintió un tirón en su propio corazón, un eco del Protocolo Lázaro que le gritaba que algo había salido mal. Elena no solo estaba despertando de su trance; algo en su sangre pura estaba reaccionando a la batalla de los Alfas allá abajo.
De repente, una explosión de luz ámbar reventó el ático, y una figura descendió desde las alturas, flotando en medio de un aura de energía pura que hacía que el aire mismo crujiera. No era la Elena que Julián había encerrado. Sus ojos no tenían pupila, eran dos pozos de fuego líquido, y su voz, cuando habló, no era humana ni animal. Era la voz de una diosa de la guerra que reclamaba su trono.
—¿Querían pelea? —dijo la figura, y el suelo de la plaza comenzó a elevarse, desafiando la gravedad—. Pues vamos a terminar esto de una vez por todas.
Julián y Caleb, enemigos jurados, compartieron una mirada de terror puro por primera vez en sus vidas. Se dieron cuenta de que no estaban peleando por ella. Estaban peleando contra lo que ella se había convertido.







