Capítulo 4: Cicatrices del alma.

El silencio en la oficina del Alcalde era tan denso que podía cortarse con el mismo bisturí que Julián sostenía entre sus dedos enguantados. El Dr. Aris, el médico jefe de la Unidad de Élite, se movía con una rapidez nerviosa, ajustando los sensores biométricos alrededor de las sienes de Elena. La chica seguía pálida, hundida en el cuero negro de la silla, con una respiración tan superficial que parecía el último rastro de un fantasma.

—Dígame qué tiene —ordenó Julián. No era una petición; era una amenaza latente que hacía que el aire en la habitación se sintiera cargado de estática.

—Señor Alcalde, sus constantes vitales están... estables, técnicamente —balbuceó Aris, sin apartar la vista de la pantalla holográfica que flotaba sobre Elena—. Pero su actividad cerebral es una tormenta. Es como si estuviera reviviendo un trauma masivo en bucle. Su sistema nervioso está colapsando bajo el peso de un estrés postraumático que no debería estar ahí.

Julián se acercó, ignorando el protocolo de distancia. Sus ojos grises estaban fijos en el rostro de Elena, en la forma en que sus pestañas temblaban.

—¿Estrés postraumático? Es una estudiante. Una civil que apenas ha salido de su sector. ¿Qué trauma podría haber vivido que la deje en este estado?

El médico tragó saliva y activó el escáner de espectro profundo. Una imagen tridimensional del torso de Elena apareció en el aire, revelando sus órganos, sus huesos y el flujo de su sangre dorada. Pero lo que hizo que Julián diera un paso atrás no fue la belleza de su anatomía, sino las sombras que el escáner proyectaba sobre su pecho.

—Esto es lo que no entiendo, señor —dijo Aris, señalando con un dedo tembloroso la zona del esternón—. Mire aquí. Hay rastros de una fractura conminuta en las costillas cuatro y cinco. Y una cicatriz de tejido fibroso que atraviesa el lóbulo superior del pulmón izquierdo.

Julián sintió un frío repentino en la base de la nuca.

—¿Y cuál es el problema? Los accidentes ocurren.

—El problema, señor Alcalde, es que estas heridas no existen físicamente —el médico lo miró con los ojos desorbitados—. Si toco su piel, está intacta. No hay ni una marca de nacimiento. Pero el escáner de memoria celular detecta que el cuerpo de esta mujer recuerda haber sido atravesado por un objeto punzante hace menos de... —Aris consultó los datos— ...hace menos de veinticuatro horas. Es biológicamente imposible. Es como si su ADN tuviera el recuerdo de una muerte que su piel nunca sufrió.

Julián sintió que el suelo se inclinaba. Una muerte que su piel nunca sufrió.

Recordó las palabras de Elena antes de desmayarse: "¿Sientes el vacío donde antes estaba tu daga?". Recordó el sabor de su sangre en ese beso violento, una familiaridad que le quemaba las entrañas. Un eco del Protocolo Lázaro vibró en su mente, una palabra que él mismo había pronunciado en una vida que no podía recordar del todo.

—Fuera —dijo Julián, su voz apenas un susurro cargado de peligro.

—Pero, señor, necesito administrarle un sedante biológico para...

—¡He dicho que fuera! —rugió Julián, girándose con una furia que hizo que el médico recogiera su equipo a trompicones y saliera de la oficina casi corriendo.

Cuando la puerta se cerró, Julián se quedó solo con ella. La luz azul de la oficina bañaba el rostro de Elena, dándole un aspecto angelical y mortal al mismo tiempo. Él se arrodilló frente a la silla, tomando una de sus manos frías entre las suyas. El contraste era doloroso: la delicadeza de sus dedos contra la dureza de sus manos de soldado.

—¿Quién eres, Elena? —murmuró contra su piel—. ¿Por qué me haces sentir que soy el villano de una historia que aún no he escrito?

Elena soltó un quejido bajo. Sus ojos se abrieron lentamente, pero no estaban enfocados en el presente. El ámbar de sus iris estaba empañado por las lágrimas. Cuando vio el rostro de Julián tan cerca del suyo, su cuerpo reaccionó con un espasmo de terror puro. Intentó empujarlo, pero sus brazos no tenían fuerza.

—No... otra vez no... —sollozó ella, su voz rompiéndose—. Por favor, Julián... ya me mataste... déjame en paz.

—No te he matado, Elena. Estás aquí. Estás viva —dijo él, intentando sujetarla, pero cada vez que la tocaba, ella reaccionaba como si el contacto le quemara.

—Me dolió... —ella cerró los ojos, y una lágrima rodó por su mejilla—. Escuché mis huesos romperse. Me miraste a los ojos y me dijiste que nunca me habías querido. Dijiste que yo era solo una herramienta.

Julián sintió una punzada en el pecho tan real que tuvo que llevarse la mano al corazón. Esas palabras... él podía sentirlas en su propia lengua, como un eco lejano de una conversación que no recordaba haber tenido, pero que su alma reconocía como una verdad vergonzosa.

La obsesión que sentía por ella cambió de forma en ese instante. Ya no era solo el deseo de poseer una anomalía biológica, ni el capricho de un dictador. Era algo mucho más oscuro y profundo. Era el hambre de redención. Aunque él no supiera de qué tenía que redimirse, la agonía en los ojos de Elena lo estaba destrozando.

Él la levantó en brazos, ignorando las débiles protestas de la chica, que seguía atrapada en su pesadilla. Caminó hacia el ascensor privado que conectaba la oficina con su residencia personal, el ático fortificado donde nadie, ni siquiera el consejo, tenía permiso de entrar.

—No vas a volver a esa celda —le dijo al oído mientras el ascensor subía—. Vas a quedarte conmigo. Voy a entrar en tu cabeza y voy a borrar ese recuerdo, aunque tenga que quemar todo lo que soy para hacerlo.

Al llegar a su habitación, la depositó en la enorme cama de sábanas de seda gris. Elena se ovilló de inmediato, buscando protección. Julián se quedó de pie al borde de la cama, observándola. Sabía que estaba cruzando una línea de la que no habría retorno. Relacionarse con una prisionera era traición. Enamorarse de una "Sangre Pura" era una sentencia de muerte en Lumina.

Pero mientras la veía dormir, Julián sacó la daga de plata de su cinturón. La observó bajo la luz de la luna artificial. Era la misma arma que Elena mencionaba. El metal brillaba con una luz maligna.

De repente, un aviso urgente parpadeó en su comunicador de muñeca. Era una señal encriptada de la frontera del Sector 7, el territorio de los Colmillos de Hierro.

—Señor Alcalde —la voz del comandante de frontera sonaba entrecortada por la estática y los disparos—. Estamos bajo ataque masivo. No son solo rebeldes. Han traído algo... algo que no habíamos visto antes. Dicen que vienen a recuperar a su "Reina".

Julián miró a Elena. Su Reina.

En ese momento, Elena abrió los ojos. Ya no estaban nublados por el trauma. Estaban encendidos con una furia dorada que iluminó la habitación. Se incorporó con una velocidad que Julián no pudo prever y, en un parpadeo, ella estaba sobre él, derribándolo sobre la cama y presionando su propio antebrazo contra la garganta del Alcalde.

—Escúchame bien, asesino —siseó ella, su rostro a milímetros del suyo—. Mis hermanos están aquí. Y esta vez, no voy a morir por ti. Voy a ver cómo Lumina arde mientras te arranco el corazón que dices no tener.

El agarre de Elena era sobrehumano, pero lo que más sorprendió a Julián no fue su fuerza, sino la sonrisa sangrienta que se dibujó en sus labios.

—Dime, Julián... —susurró ella, su voz volviéndose peligrosamente suave mientras sentía el pulso acelerado de él bajo su brazo—. ¿Estás listo para descubrir por qué me llamaste tu ruina?

Antes de que Julián pudiera responder, una explosión masiva sacudió el edificio, haciendo que los cristales del ático estallen en mil pedazos. El caos había llegado a la puerta del Alcalde, y Elena ya no era la presa.

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