María seguía de pie, con la respiración entrecortada, la mandíbula dura, la mirada clavada en el borde afilado de la carpeta de cuero. Carlo cerró la contrapuerta con el pestillo y la sala quedó atrapada en un silencio denso que olía a tinta, pólvora y café frío.
Caminó hacia ella con ese paso sin prisa que a María le erizaba la piel por la espalda. Se detuvo a un palmo, le tomó la cara con una mano que no temblaba y la besó. No fue un roce; fue una afirmación. Su boca sobre la de ella, firme,