La Torre Sinclair-Moore, el obelisco de cristal que debía representar el triunfo final de Leonard y Katie, se sentía ahora como una jaula de cristal. El aire acondicionado zumbaba con una frialdad impersonal mientras la pantalla del despacho presidencial seguía mostrando el vacío negro donde, segundos antes, el rostro de Elara había sentenciado su paz.
Leonard permanecía inmóvil frente al escritorio. Sus dedos apretaban el borde de la caoba con tal fuerza que la madera crujía. Había recuperado