El frío de Vermont se batía en retirada ante el calor de las sirenas que rodeaban la mansión de James Ford. En el centro de la sala de control, Leonard Sinclair permanecía de pie, respirando con una profundidad que no había conocido en años. Sus piernas, libres de la esclavitud de los servos hidráulicos, sostenían su peso con una solidez orgánica. El "milagro" de su recuperación no era solo biológico; era la reconexión final de un hombre que había decidido que su voluntad era más fuerte que cua