El estruendo de las granadas de conmoción de Leonard Sinclair retumbaba a través de las tuberías de la torre como el latido de un gigante furioso. Cien pisos más abajo, en el corazón de los cimientos de Manhattan, el eco de la guerra era una vibración constante que hacía que el lodo de los túneles freáticos ondulara. Katie Moore, cubierta de hollín y grasa industrial, se deslizaba por el conducto de servicio con la agilidad de una sombra. El metal frío le raspaba los hombros y el aire viciado d