El polvo aún no se había asentado sobre la tierra yerma de los viñedos Moore, pero el silencio que siguió al estallido de violencia era más ensordecedor que el grito de los neumáticos. Leonard Sinclair, desde su santuario tecnológico a kilómetros de distancia, apretaba los bordes de su silla de ruedas con tal fuerza que sus nudillos amenazaban con perforar la piel. En sus pantallas, la imagen era granulada, pero clara: Katie estaba acorralada.
—¡Aseguren el objetivo! ¡Fuego de cobertura ahora! —