El sótano de la mansión Sinclair no olía a humedad ni a abandono; olía a metal frío y a decisiones definitivas. Katie Moore fue escoltada por Malcom a través de los pasillos de hormigón pulido, con el corazón martilleando contra sus costillas como un animal enjaulado. Apenas unas horas antes, Leonard la había estrechado contra su pecho con una urgencia que ella creyó real. Ahora, el hombre que la esperaba al final del pasillo era un extraño envuelto en sombras.
Cuando las puertas de la sala de