La lluvia de Brooklyn no era agua; era un lodo aceitoso que caía del cielo de hierro, empapando las vigas oxidadas de los muelles. Leonard Sinclair caminaba por el laberinto de contenedores del "Rastro de Hierro" con el paso de un hombre que cargaba el peso del mundo. En sus brazos, Katie se desvanecía, su piel antes radiante ahora tenía el color de la cera fría. El primer bebé, atado a su pecho con tiras de tela rasgada, dormía un sueño inquieto, ajeno a que su madre se estaba apagando y a que