El humo que emanaba de la parte superior de la Torre Sinclair no era solo el resultado de circuitos quemados; era el aroma del fin de una era. Mientras Leonard y Katie se alejaban en la furgoneta, el cielo de Manhattan se teñía de un naranja químico. Leonard miraba sus manos, aún negras por el hollín del Protocolo Lucifer. Había aniquilado su propio legado, y con él, el orden que sostenía la economía de los Sinclair.
No pasaron ni veinte minutos antes de que el caos se manifestara en el mundo d