El silencio tras la caída del Clon Alpha en la cámara frigorífica era espeso, interrumpido solo por el goteo de agua condensada y el siseo de los últimos restos de gas nervioso dispersándose. Leonard, apoyado contra una mesa metálica, observaba su propio rostro inerte en el suelo. La victoria se sentía amarga; vencer a una versión perfecta de uno mismo no ofrecía gloria, solo un recordatorio de cuán prescindible era la vida para la Matriarca Sinclair.
—No ha terminado —dijo Leonard, su voz era