El silencio en los viñedos Moore era absoluto, la paz de cementerio que contrastaba con el estruendo de los helicópteros que aún patrullaban la costa de Maine. Bajo la tierra negra y carbonizada, donde las vides que una vez dieron el mejor vino del estado no eran más que esqueletos calcinados, existía un secreto que ni siquiera Beatrice Sinclair, con su red de satélites y espías, había logrado detectar.
Tras el caos en el muelle, Leonard no se había entregado. Había sido una maniobra de distrac