El aire en el despacho era tan denso que Katie sentía que el oxígeno se cristalizaba en sus pulmones. El diario seguía en el suelo, abierto como una herida sangrante que revelaba la verdad detrás de su matrimonio. Leonard no se movía; su silueta en la silla de ruedas parecía fundirse con las sombras del mobiliario de roble.
—Recógelo —ordenó Leonard. Su voz no era un grito, era algo peor: un susurro cargado de una autoridad absoluta.
Katie no obedeció. Retrocedió hasta que su espalda chocó con