Mundo ficciónIniciar sesiónLa lluvia golpeaba los ventanales de la mansión Sinclair con la misma violencia con la que el corazón de Katie chocaba contra sus costillas. Estaba de pie en el gran salón, sosteniendo una copa de vino que no se atrevía a beber, cuando el eco de unos tacones afilados resonó contra el mármol.
No era la servidumbre. Era alguien que caminaba como si el mundo le debiera una disculpa.
—¿Leonard? ¿Cariño, estás ahí? —La voz era dulce, empalagosa como la miel podrida.
Katie se giró y se encontró con una visión de seda roja y diamantes. La mujer era hermosa, de una belleza fría y calculada. Sus ojos recorrieron a Katie con el desprecio que uno le dedica a un mueble viejo.
—¿Y tú quién eres? ¿La nueva enfermera? —preguntó la desconocida, arqueando una ceja perfectamente depilada.
—Soy Katie Moore —respondió ella, tratando de mantener la voz firme—. Y tú eres...
—Vanessa Thorne. —La mujer se adelantó, ignorando a Katie, con la vista fija en la entrada del salón—. La mujer que debería haber sido la dueña de esta casa antes de que... bueno, antes de que todo se volviera tan trágico.
—Vanessa. Qué sorpresa tan desagradable.
La voz de Leonard llegó como un latigazo. Entró al salón en su silla de ruedas, manejando los controles con una precisión gélida. Su rostro era una máscara de piedra, pero Katie notó el leve temblor en sus dedos.
—Leonard, mi amor —Vanessa se arrojó a sus pies, arrodillándose sobre el mármol sin importarle su vestido—. Me enteré de que has estado mejorando. Supe que compraste a la hija de los Moore. No tienes que seguir con esta farsa de venganza. He vuelto por ti.
Leonard soltó una carcajada seca que heló la sangre de Katie.
—¿Has vuelto? ¿Ahora que los médicos dicen que podría volver a caminar? —Leonard la miró con asco—. Te fuiste el día que el cirujano dijo que quizá nunca volvería a sentir mis piernas. Me dejaste como quien tira un juguete roto.
—¡Tenía miedo, Leonard! —chilló Vanessa, apretando las rodillas de él—. Era joven, no podía soportar verte así. Pero he cambiado. Dame una segunda oportunidad. Podemos echar a esta... a esta mujer. Ella no es nada.
Leonard guardó silencio un momento. Sus ojos se desviaron hacia Katie, que observaba la escena sintiéndose como una intrusa en una guerra que no entendía. Entonces, una chispa de malicia pura cruzó la mirada de Leonard.
—Tienes razón en algo, Vanessa —dijo Leonard con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Katie no es nada... comparada con lo que siento por ella ahora.
Katie frunció el ceño. —¿Leonard?
—Ven aquí, gatita —ordenó él, extendiendo una mano.
Katie dudó, pero la mirada imperiosa de Leonard no admitía réplica. Se acercó lentamente. Él la tomó de la cintura y la sentó en su regazo, frente a una Vanessa que se quedó boquiabierta.
—¿Quieres una segunda oportunidad, Vanessa? —preguntó Leonard, acariciando la mejilla de Katie con una ternura falsa que la hizo estremecer—. Entonces observa lo que es una verdadera mujer. Una que no huye cuando las cosas se ponen feas.
—¡Leonard, esto es patético! —gritó Vanessa, poniéndose en pie—. ¡Esa niña está aquí por dinero!
—Está aquí porque yo la poseo —gruñó Leonard. Entonces, miró a Katie a los ojos—. Bésame, Katie. Demuéstrale a esta sombra del pasado quién es la verdadera señora Sinclair.
Katie sintió el calor subir por su cuello. —Leonard, no hagas esto... No la uses a ella para...
—Hazlo —susurró él contra sus labios, su aliento oliendo a menta y peligro—. O juro que mañana mismo tus viñedos serán cenizas. Es una orden.
Vanessa observaba, temblando de rabia. Katie, atrapada entre el asco por la situación y el miedo a las represalias de Leonard, cerró los ojos y se inclinó.
El beso comenzó como un choque de dientes y resistencia, pero Leonard no permitió que fuera breve. Sus manos se enredaron en el cabello de Katie, forzándola a profundizar el contacto. Fue un beso voraz, cargado de una pasión fingida que, sin embargo, encendió un fuego real en el vientre de Katie. Leonard la reclamaba frente a su pasado, usando sus labios para humillar a la mujer que lo abandonó.
Vanessa soltó un grito de frustración. —¡Eres un monstruo, Leonard! ¡Los dos se merecen! ¡Espero que te pudras en esa silla!
La mujer salió corriendo del salón, sus tacones resonando como disparos mientras huía hacia la lluvia.
En cuanto la puerta principal se cerró, Leonard apartó a Katie con brusquedad. La tensión desapareció, reemplazada por una frialdad gélida.
—Puedes bajarte —dijo él, sin mirarla—. El espectáculo terminó.
Katie se puso de pie, limpiándose los labios con el dorso de la mano. —Eres un asqueroso, Leonard. Me usaste como un objeto.
—Te compré para eso, ¿no? —Él giró su silla, dándole la espalda—. No te creas especial por un beso. Solo quería ver su cara cuando se diera cuenta de que incluso un lisiado puede tener algo mejor que ella. Vete a tu habitación.
Katie sintió las lágrimas de rabia quemar sus ojos. No podía quedarse allí. Necesitaba aire, necesitaba respuestas. En lugar de ir a su cuarto, caminó en dirección opuesta, hacia el despacho privado de Leonard. Sabía que él se quedaría en el salón bebiendo para ahogar su amargura.
El despacho estaba en penumbras. Katie entró, el corazón martilleando. Empezó a hurgar entre los papeles del escritorio, buscando pruebas de los negocios turbios de los que su padre se quejaba. Pero no encontró facturas. Encontró algo mucho peor.
En el último cajón, oculto bajo un doble fondo, había un diario de cuero viejo y gastado.
Katie lo abrió. La caligrafía de Leonard era errática, escrita con la furia de alguien que acaba de perderlo todo. Saltó las páginas hasta la fecha del accidente, hace dos años.
"Hoy el mundo se detuvo. Mis piernas son ahora pedazos de carne muerta", decía la primera línea.
Katie siguió leyendo, sus dedos temblando tanto que casi rompe el papel. Al llegar a la página siguiente, su respiración se detuvo.
"Las pericias no mienten. Los frenos fueron cortados con precisión quirúrgica. El rastro de la herramienta y el acceso al garaje apuntan a un solo lugar. Los Sinclair siempre pensaron que los Moore eran aliados débiles, pero hoy demostraron su verdadera cara. El accidente no fue el destino. Fue un asesinato planeado por un Moore. Juro que los destruiré. Empezaré por su viñedo y terminaré por su sangre".
Katie soltó el diario, que cayó al suelo con un golpe seco.
—¿Un Moore...? —susurró ella, llevándose las manos a la boca.
—Te dije que no entraras aquí, Katie.
La voz de Leonard resonó desde la puerta. Estaba allí, en las sombras, su silla bloqueando la única salida. Sus ojos brillaban en la oscuridad como los de un depredador que acaba de atrapar a su presa en el acto final de traición.
—¿Es verdad? —preguntó ella con un hilo de voz, señalando el diario—. ¿Crees que mi familia intentó matarte?
Leonard avanzó lentamente hacia la luz. Su rostro no tenía rastro de la pasión fingida de antes. Solo había una sed de venganza que Katie comprendió que nunca se apagaría.
—No lo creo, Katie. Lo sé. Y ahora entiendes por qué te compré. No eres mi esposa... eres mi prisionera de guerra.







