El aire en el ático estaba cargado con el olor a ozono y circuitos sobrecalentados. El cronómetro financiero parpadeaba en 00:01:15, mientras los indicadores de oxígeno de la Clínica St. Jude se mantenían en un rojo agónico. Leonard, con los ojos inyectados en sangre y las manos temblando por el esfuerzo neural, golpeó la consola. El firewall de Silas era una hidra: cada vez que Leonard cortaba un proceso de transferencia, dos nuevos algoritmos de vaciado aparecían para consumir los fondos.
—¡N