El silencio que siguió a la onda de choque en los Alpes era más aterrador que el estruendo de la batalla. Tras el nacimiento de los gemelos en medio de la oscuridad total y el colapso de la facción enemiga, la cabaña de piedra se había transformado en un epicentro de energía residual que hacía que el aire supiera a ozono y metal. Leonard Sinclair permanecía de pie, con los músculos todavía tensos por el combate, observando a sus hijos recién nacidos. El niño y la niña, envueltos en mantas de la