La noche sobre los Alpes suizos se volvió de un color violeta eléctrico cuando la primera baliza de la facción enemiga perforó la atmósfera. Leonard Sinclair, de pie en el umbral de la cabaña, observaba cómo las siluetas de los drones de asalto descendían como cuervos de acero sobre su santuario. Dentro, los gritos de Katie no eran solo de dolor, sino de una liberación biológica que desafiaba cualquier registro médico previo. El aire se sentía pesado, cargado de una estática que hacía que el ve