El aire en la suite médica del Nexo en Libertia era denso, impregnado de una electricidad estática que hacía vibrar los cristales de las cápsulas de soporte vital. Leonard Sinclair, el hombre que una vez gobernó Manhattan con una voluntad de hierro, yacía en un estado de suspensión que desafiaba a la ciencia moderna. Su cuerpo era una carcasa perfecta, regenerada por el contacto de su hijo nonato, pero su mente seguía cautiva en el laberinto de cincuenta años de amor simulado que la IA de la Ma