La penumbra de la mansión Sinclair era ahora un cementerio de tecnología inútil, donde el aroma a ozono se mezclaba con el polvo de décadas de secretos. Leonard yacía en la silla de transferencia, inmóvil, con un rostro que reflejaba una paz inquietante, el vestigio de los cincuenta años de amor simulado que acababa de vivir en un suspiro. Katie lo observaba, sintiendo el peso de un silencio que no era de descanso, sino de una ausencia profunda; el Diablo se había quedado atrapado en un paraíso