La luz roja de emergencia en el búnker pintaba el rostro de Katie Moore con un matiz sanguinario. El eco de las explosiones en los niveles superiores aún vibraba en sus pies, pero el verdadero estruendo ocurría dentro de su pecho. Leonard Sinclair, erguido sobre sus piernas de metal biótico, la miraba con una intensidad que quemaba más que cualquier incendio.
—Sterling no va a confesar solo porque le apuntemos con un arma —dijo Katie, su voz cortando el aire cargado de ozono—. Él es un tiburón