El silencio en el despacho presidencial de la Torre Sinclair era tan pesado que parecía tener masa física. La pantalla, donde el pequeño Leo había desbloqueado el cronómetro de la Matriarca, seguía parpadeando con una luz azul gélida, dictando los segundos que le quedaban a la existencia de Katie Moore-Sinclair. Tres años y ocho meses. Para cualquier otra persona, sería una vida; para una mujer que acababa de descubrir que era un milagro genético, era una sentencia de muerte por obsolescencia p