El silencio en la cabina del avión era absoluto, una vacuidad aterradora que solo era interrumpida por el silbido del viento contra el fuselaje. Katie Moore apretaba los mandos con los nudillos blancos, observando cómo el horizonte desaparecía en una negrura total. Leonard le había quitado la vista; el pulso electromagnético había convertido la sofisticada máquina de vuelo en un ataúd de metal a la deriva. Sin GPS, sin radio y con el pequeño Leo llorando suavemente en el asiento trasero, Katie