La imagen de Silas Vane desapareciendo bajo el fuego del muelle se había quedado grabada en la retina de Katie como una marca al hierro candente. De regreso a los viñedos, el silencio dentro del coche era más pesado que el plomo. Leonard conducía con una calma gélida, sus manos firmes sobre el volante, las mismas manos que, según su propia confesión, habían arrebatado vidas para "limpiar" el camino de su amor. Katie lo miraba de reojo, aterrada. Ya no veía al hombre que había aprendido a camina