La casa de seguridad de los Moore, que durante tres años había sido un santuario de madera y paz, se sentía ahora como un mausoleo. El silencio era roto únicamente por el zumbido del analizador biométrico que seguía parpadeando en la mesa del comedor, confirmando la pesadilla: dos sangres idénticas, dos mujeres, una sola identidad rota.
Leonard Sinclair sostenía a Katie —su Katie—, sintiendo cómo el cuerpo de la mujer temblaba bajo una confusión que ninguna armadura podía proteger. Frente a ell