La brisa del atardecer en Maine, que un momento antes traía el aroma dulce de la uva madura, se volvió gélida. Leonard y Katie permanecían en el porche, separados por la revelación del búnker secreto, cuando el crujido de la grava anunció una llegada que nadie había detectado. Las cámaras térmicas de Leonard no habían pitado; los sensores de movimiento de Marek habían permanecido en silencio.
Desde la neblina que subía del río, una figura emergió caminando con una lentitud ceremonial. Vestía un